República papayera

Erase una vez una república bananera que no quería ser república bananera. (Aunque sea una obviedad, habrá que añadir que en realidad muy pocas repúblicas bananeras quieren serlo.) En esta república existía una isla montañosa, fría, muy diferente del resto del país, que—siendo honesto—era un lugar inhóspito para los bananos. Su gente se esforzaba de no parecer gente del trópico, se levantaba temprano, no hacía siesta, y lo más importante para la vida de cada uno era tener un trabajo y pasarse todo el día en éste. Aunque esto no implicaba que se lograra mucho a lo largo del día, lo importante era la constante presencia en el lugar. Todos vivían constantemente controlados y controlando a los demás para evitar cualquier parecido con la gente de las demás repúblicas bananeras. Empezando por los jefes, que vigilaban con ansiedad las horas de llegada y salida de sus empleados, hasta los padres de familia que no podían vivir un sólo día sin saber exactamente que almorzaron sus hijos. Claramente, cada respuesta se juzgaba según su parecido con lo bananero: no se podía comer en la calle, no podía ser comida rápida, y siempre tenía que ser saludable y con harta proteína, preferiblemente de origen animal, porque todo lo demás sería demasiado parecido a lo bananero.

En esta tierra sin ley, lo que abundaba eran las leyes. Era una gente verdaderamente obsesionada con las reglas y con la vigilancia de que se cumplieran. El secreto se despreciaba, porque presentaba un lugar en el que la gente podía pensar de manera bananera, y cualquier parecido con los bananeros del resto del país era lo que se tenía que evitar a toda costa. Evitar parecerse a gente de república bananera era incluso más importante que obsesionarse con su trabajo. Lo que es más, la gente que no tenía trabajo tenía que esforzarse aún más para no parecer bananera. El hecho de no tener trabajo se consideraba una falta individual que demostraba que la persona sin trabajo era un perezoso que no se había esforzado lo suficiente, porque ¡trabajo sí hay!, y por lo tanto, se esperaba que la gente sin empleo se comportaba de manera impecable, es decir, sumisa y a la merced de los demás que si trabajaban.

La clave de sobrevivir en la isla estaba en la comunicación de manera vaga. Se cumplían todos los deseos imaginarios mientras no se dijera nada contrario. Sencillamente se evitaba la negación:

¿Será que el marrano sabe volar?

Quien quita, señora.

¿Nos vemos más tarde?

Si Dios quiere.

Hasta las leyes de la física se desafiaban, sobre todo en el tráfico. Se prometía el cielo en la tierra hasta para los que iban directamente al infierno. Por eso, todos se sentían permanentemente traicionados: Nunca se les negó ninguna petición de antemano, pero después nunca se cumplió. Vivían en un estado permanente de decepción porque no podían creer que no todo era posible, y porque nadie lo decía tampoco.

Era una isla muy religiosa en la que todos conocían las palabras de Dios y las recitaban en cada oportunidad que se les daba. Si Dios quería, se veían por la tarde, si lo quería llegaban puntuales, si lo quería hablaban más tarde, y si él quería se cumplían los deseos. Por eso era que se podía prometer todo: la última palabra sobre la posibilidad de la petición la tenía Dios. Pero Dios no era bondadoso en esta isla, sino más bien un padre controlador que esperaba la llegada de los hijos con la correo en mano, porque siempre había mucho pecado.

Si se llegaba a observar una falta de alguien, de inmediato se le comunicaba. La reprimenda comenzaba con una frase clave: “Con todo el respeto”. Contrario a lo que la lógica habría implicado, esta frase iniciaba una conversación en la que por lo general faltaba completamente el respeto. O por lo menos la empatía o el interés en el otro. Lo que le seguía a esta frase era el deseo de desahogarse de algo, pero que por favor no se discutiera después. La frase explícitamente no era una invitación al diálogo, sino la expresión de una recomendación de alguien que creía saber más. Se evitaba la negación, se evitaba el dialogo, se evitaba el camino medio. No era tampoco necesario, porque a la final los deseos se cumplían era porque Dios quería.

El placer se consideraba de débiles, de relajo, bananero. Y eso no se perdonaba. En la isla, no se perdonaba nada. ¿Poner la otra mejilla? Ni más faltaba. Eso en la isla se llamaba ‘dar papaya’, y se refería a otra fruta menospreciada por los republicanos. Dar papaya era casi tan ofensivo como parecer bananero, porque insinuaba una cierta ingenuidad acerca de como funcionaban las cosas—era casi tan ingenuo como pensar que la república bananera pudiera convertirse en república aguacatera, y que esto podría ser bien—.

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