Melo_D

Oh, how fast the evening passes / cleaning up the champagne glasses. (Lorde)

Hortensia, Begonia, Margarita y Azucena se encuentran una vez por semana. Que todas tengan nombres de flores es pura coincidencia. Sin embargo, en el colegio se las conoció por todas partes simplemente como Las Flores. Son amigas desde hace décadas, pero esto no quita que tengan sus secretos y reservas. No por nada se evitan las conversaciones sobre política y religión, y no solamente en familia, sino también en las reuniones de Las Flores. Como buenas hijas de clase media en un país católico, tienen penas y vergüenzas para dar y convidar, pero como buenas hijas de clase media en un país católico no las comparten con nadie. La emancipación les sirvió para no más confesarse con un cura; ya ninguna va a misa obligada por la madre o el esposo. Ya no quedan tantas madres y esposo tampoco. Más allá, la emancipación no ha llegado y Las Flores siguen con sus penas y vergüenzas cada una por si sola.

A Begonia por ejemplo le da pena invitar a sus amigas a su casa porque cree que su sala es la más pequeña. Además, no sabe cocinar bien, y más pena que el tamaño de su sala le da ofrecer paquetes del supermercado a la hora de los onces. Hortensia, por el contrario, es muy buena cocinera y le encanta experimentar. Por eso, cada vez que vengan las amigas, hay otra delicia recién horneada esperando a las invitadas. Pero Hortensia vive más al norte que las demás y el trancón de vuelta a la ciudad es horrible en horas pico. Por eso solamente se encuentran en la casa de Hortensia cuando la cita es por la mañana. Margarita es la menos avergonzada de las cuatro, pero se da cuenta de que las demás aún después de tantos años la siguen juzgando por ser tosca. Ella lo atribuye a su descendencia alemana, aunque su único nexo con este país sea su pasaporte. Azucena es la que más se preocupa por su apariencia. Tanto así que no asistió al entierro de su prima porque su (ahora ex-)esposo se untó un zapato en caca de perro y no pudieron ir así. Pero Azucena es también la mas aventajada en cuanto a guardar apariencias, porque es la más rica de las cuatro. Esta tarde, Las Flores se encuentran en la sala de Azucena, la sala que más avergüenza a Begonia.

Begonia y Hortensia son las que sacan los tejidos en las reuniones con las amigas. En esta ocasión, Begonia está bordando unas toallas a las que les pone una imagen cursi de pájaros y flores en colores pastel, pero como tiene muy poca paciencia el bordado le parece dificilísimo. Hortensia a la vez esta tejiendo algún saco para algún bebé de alguna hija de sus decenas de primas. De vez en cuando cambia el saco por un gorro o unas medias, y según el sexo la lana que usa es o rosada o azul. A Hortensia no le gusta que no le digan si es para niña o niño, pero se resigna y usa lana blanca en estos casos, no sin pronunciarse al respecto. En realidad, hay pocas cosas sobre las que Hortensia no se pronuncia.

Margarita y Azucena nunca tejen en estos encuentros. Ambas siempre creían que eso era una pérdida de tiempo, Margarita porque nunca le gustaron las manualidades ‘de mujer’, y Azucena porque siempre se pensó mejor y digna a otra especie de pasatiempo más intelectualmente exigente. Claramente se sorprenderían de saber que en Europa hay grupos de hombres jóvenes tejiendo sacos al estilo noruego, con patrones complicadísimos y lanas delgadísimas, haciendo videos en youtube explicándoles las técnicas a sus seguidores. Se sorprenderían de estas modas tan extrañas de allá, pero después se acordarían de la chica alemana que les hizo entrevistas hace ya un tiempo.

Y ese pastelito, Hortensia, ¿de dónde lo sacaste?

Esa es la receta que me enseñó Katrin la ultima vez que vino.

Ay, ¡que rico! Siempre estaban buenísimas las recetas de ella. Me acuerdo también de las trufas y del mazapán que nos llevaba. ¡Que delicias! ¿Cómo estará Katrin? ¿Será que finalmente vive con su esposo?

Ay si, ya sería hora, ¿no? De verdad, me parece tan raro esto. ¿Qué tal hombre que deja que pase esto?

Pues, tu sabes lo que dicen: Amor de lejos ¡felices los cuatro!

Ojos que no ven, corazón que no siente, ¡exacto!, se ríe Hortensia.

Aunque yo no creo que ella sea así, añade Margarita.

Pero finalmente sigue siendo europea, ¿no? Lo que dicen es que allá son mucho más liberales que acá. Y todas sabemos como son por acá.

¿Peor aún? No, pero yo la verdad no lo creo.

Yo una vez la pregunté a Katrin. Porque mi hija estaba saliendo con un irlandés y me preocupé que el chico iba a querer muy rápido. Entonces le pregunté como son allá. ¡Y ella me dijo!, Begonia se pone colorada y se tapa la boca con una servilleta. Todas se ríen como las niñas de colegio que eran hace muchos años.

No, pero en serio. Los europeos sí son despreocupados. ¿No vieron que todos se alojan en el centro? Y Katrin como tomaba buses, ¡y taxis en la calle! Ella supo mejor que yo como desplazarse en esta ciudad con los SITP. Y se fue sola para todas partes. Caminaba desde la Caracas hasta el Parkway y de vuelta a la Séptima, imagínense. ¡Caminando por allá!, con todos los indigentes, ¡no!

Si Chapinero está inmundo, ¿cómo será el Centro?, se escandaliza Begonia.

No lo quiero ni pensar, asiente Hortensia. Mejor me quedo allá en mi barrio.

Pero si, ella se fue para todas partes para hacer sus entrevistas. Qué raras que fueron, ¿no les parece? Yo nunca entendí para qué hizo esto.

A mí me gustó desahogarme con alguien. No sé si le sirvió de mucho, pero hice un esfuerzo, ¿no?

Sí, si era entretenido. Aunque a veces también discutimos. Es que ella no sabe como son las cosas aquí, y entonces hay que explicarle. ¡No puede seguir defendiendo a la guerrilla después de todo lo que pasó! Allá en Europa todos creen que fueron unos santos. Y lo del acuerdo…

Ay si, el plebiscito.

Ese día no me pude ni levantar de la cama, se acuerda Azucena. Habían quedado con Begonia de verse en la casa de Azucena y mirar los resultados, pero cuando se dieron cuenta de que no iba a salir bien, Begonia se fue para su casa para pasar la noche con su familia. Nunca destaparon la botella de vino tinto que la hija de Azucena había traído de un viñedo en Francia en su última visita.

Sentí un dolor en todo el cuerpo. Un dolor de patria.

Ay mi señora, pero si este día el pueblo colombiano ¡se levantó! Finalmente muchos dijimos que no, que ya no más engaños. Ese acuerdo no era justo, no era bueno. Y que después lo metieran por las malas, ¡ese si fue el verdadero dolor de patria!, interrumpe Hortensia.

El dolor de patria es que seguimos en la misma, que nada nunca cambia para lo mejor en este país, se enfada Begonia. Y que la gente crea cualquier vaina y regalan sus votos por un tamal.

No señora, el problema más grande aquí es la corrupción. ¿Qué importan estos votos de pueblo? Que dejemos que nos roben y además suben los impuestos, eso es un problema. Un líder fuerte que maneje el país, eso sería la salvación.

Y todas sabemos quien cree usted que es ese hombre. Pero ese hombre esta untado hasta los codos en corrupción, en paramilitarismo, ¡en todo! Aquí mientras no nos ponemos de acuerdo en eso no va haber salvación.

Hortensia muerde su pastel enfurecida, pero se traga la rabia junto con el dulce sabor de crema chantilly que libera el hojaldre. Todas saben que estas discusiones no llevan a ninguna parte, y se toman sus tintos en silencio.

Miren que finalmente paró de llover, es el intento de Hortensia para reanudar la conversación.

Así es en el trópico, es el comentario seco de Margarita.

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