Category: Practice in Fiction

To the bone

Indagan si osamentas en vía de la Calera son de víctimas del conflicto

CTI revisa si restos humanos serían arqueológicos o de víctimas de la violencia

Por: Blanca Gómez Gómez

15 de abril de 2018, 02:23 p.m.

El CTI inspecciona las obras de la Circunvalar, donde hubo hallazgos de osamentas, supuestamente ancestrales, en un tramo que pasa cerca de La Calera, Bogotá. Sin embargo, salió la hipótesis de que puede tratarse de una fosa común.

Este martes, funcionarios de la Fiscalía y la Policía Judicial iniciaron las investigaciones para determinar si lo encontrado en la fosa corresponde a restos arqueológicos o pertenece a personas desaparecidas años atrás y que serían víctimas del ‘Bloque Capital’ de las Autodefensas.

Empleados de la Concesión Capitalina, firma que está a cargo del proyecto, fueron quienes hallaron al menos 50 osamentas en “buen estado”, que hace presumir que no serían tan antiguas como se creía en un principio. En un comunicado, la Concesión Capitalina, por medio del programa Arqueología Preventiva manifestó que encontraron los restos óseos de seis individuos prácticamente completos, cuatro incompletos, y cerca de 50 cráneos en entierros múltiples. También 100.000 fragmentos de cerámica, cinco vasijas, 20 vasijas completas pero fragmentadas, 20 vasijas incompletas, 50 caras de figuras, collares y piezas talladas en piedra.

Sin embargo, los restos fueron hallados a poca distancia de la superficie, lo que llamó la atención de los miembros de la Fiscalía que adelantan las pesquisas. “Tenemos entendido que los restos han sido hallados a 80 centímetros, 60 centímetros y hasta a 20 centímetros de la superficie donde estamos pisando. Probablemente no tengan tantos años”, dijo uno de los funcionarios. El ente investigador autorizó a una antropóloga del laboratorio de Identidad Humana de la Fiscalía para que realice las pruebas pertinentes a los hallazgos.

04/15/2018

Today something weird happened: I was called by an agent from Identidad Humana, and they were asking me to help out with the identification of those bones they found a few days ago on the La Calera road. It’s curious, because I don’t even specialize in forensic anthropology (I suspect they wanted some external ‘expertise’), but I said yes anyway out of curiosity. I’ve never had the chance to get this close to the real stuff. After all these tiresome interviews about upper-middle-class sensibilities, I felt like I deserve some action. So I went there and met with a Police officer and a doctor. They gave me a short introduction about the proceedings thus far and showed me the grave. It was really all just sand and bones and parts of vases, and from the way they looked, this was clearly not an archaeological site. Even a beginner like me could tell that the vases where from different periods and peoples, so clearly just thrown in there for decoration. They hadn’t yet dug out all the bones, so W., the police officer, drove me and the doctor to the morgue where the other remains we stored. Dr. Castillo then explained to me how to tell whether a pelvic bone belonged to a man or a woman (those of women are wider…). While I’m not sure how much I can really help with this, there was something I found. As we were organizing the bones and skulls according to colors (that’s the first hint that they could belong to the same person), I heard a clacking noise in one of the skulls. It had a hole right between the eyes, and the clacking belonged to a bullet. It’s so obvious, and yet so strange. There’s clearly no way someone died a natural death with a bullet hole between his eyes. I’ve never felt anything like this before. At that moment I realized this was a real human skull, a skull that once belonged to a living being. It’s a weird sensation, seeing these bones, smelling them, taking them up to examine them for more bullet holes. This is such a different perspective on the conflict. Like, this is real. Real people get hurt by this shit. I mean, of course I knew this, but I don’t think I understood the full meaning of it until I looked at that skull today. The doctor said we should get the bullet examined, as this would allow us to determine who shot it, and the approximate timespan, which we could then compare to the bones. Continue reading

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Melo_D

Oh, how fast the evening passes / cleaning up the champagne glasses. (Lorde)

Hortensia, Begonia, Margarita y Azucena se encuentran una vez por semana. Que todas tengan nombres de flores es pura coincidencia. Sin embargo, en el colegio se las conoció por todas partes simplemente como Las Flores. Son amigas desde hace décadas, pero esto no quita que tengan sus secretos y reservas. No por nada se evitan las conversaciones sobre política y religión, y no solamente en familia, sino también en las reuniones de Las Flores. Como buenas hijas de clase media en un país católico, tienen penas y vergüenzas para dar y convidar, pero como buenas hijas de clase media en un país católico no las comparten con nadie. La emancipación les sirvió para no más confesarse con un cura; ya ninguna va a misa obligada por la madre o el esposo. Ya no quedan tantas madres y esposo tampoco. Más allá, la emancipación no ha llegado y Las Flores siguen con sus penas y vergüenzas cada una por si sola.

A Begonia por ejemplo le da pena invitar a sus amigas a su casa porque cree que su sala es la más pequeña. Además, no sabe cocinar bien, y más pena que el tamaño de su sala le da ofrecer paquetes del supermercado a la hora de los onces. Hortensia, por el contrario, es muy buena cocinera y le encanta experimentar. Por eso, cada vez que vengan las amigas, hay otra delicia recién horneada esperando a las invitadas. Pero Hortensia vive más al norte que las demás y el trancón de vuelta a la ciudad es horrible en horas pico. Por eso solamente se encuentran en la casa de Hortensia cuando la cita es por la mañana. Margarita es la menos avergonzada de las cuatro, pero se da cuenta de que las demás aún después de tantos años la siguen juzgando por ser tosca. Ella lo atribuye a su descendencia alemana, aunque su único nexo con este país sea su pasaporte. Azucena es la que más se preocupa por su apariencia. Tanto así que no asistió al entierro de su prima porque su (ahora ex-)esposo se untó un zapato en caca de perro y no pudieron ir así. Pero Azucena es también la mas aventajada en cuanto a guardar apariencias, porque es la más rica de las cuatro. Esta tarde, Las Flores se encuentran en la sala de Azucena, la sala que más avergüenza a Begonia. Continue reading

¿En qué iba?

¿En qué iba? Ah, si, que entonces estábamos con mi familia ahí sentados en el Club Colombia, cuando de repente alguien dijo que habíamos ganado. Allá mucha gente es de nosotros. Todos nos miramos sorprendidos, porque no pudimos creer que ganamos el plebiscito. Después de toda la maquinaria… Estábamos convencidos de que ganara el Sí. Pero entonces comenzamos a mirar las noticias, y ¡efectivamente! Ganamos. Eso fue un momento muy bonito, ahí con toda la gente que dijimos que No. Pero ya cuando nos enteramos de la otra gente, que los del Sí nos echaron la culpa y todo eso, eso ya fue otra cosa. Porque nosotros no queremos la guerra, ¡no! En ningún momento los argumentos del No eran que se iba a ganar la guerra, o algo así. Aunque bueno, dicen que las FARC ya estaban muy débiles, y que en realidad no había necesidad de negociar nada. ¿Quién se pone a negociar con un grupo armado que está a punto de perder? O sea, desde el comienzo lo único que quizo Santos era el Nobel de paz. Y ahora nos dejó con este bollo de acuerdo que no era lo que nosotros queríamos y aún así nos met en esto. Yo sí me pregunto por qué la comunidad internacional no dijo nada ahí. Porque esto no era lo que queríamos nosotros. Eso también es una vulneración de nuestros derechos. Nosotros lo que queríamos—y lo que seguimos queriendo—es un acuerdo que valga la pena. Uno sin impunidad, y sin regalarle nada a nadie. Porque ahora, ¿cómo lo defendemos frente a la gente decente? Los que siempre han trabajado y que nunca se les cruzó por la mente alzarse en armas. Los que siempre cumplieron, no robaron, no mataron. A estos no se les da nada, pero a los guerrilleros esos traficando droga, secuestrando, matando, extorsionando, ahora les entregamos su sueldo mínimo sin que ni siquiera tengan que esforzarse. Todos tenemos que cumplir con las reglas. Todos tenemos que entrar en la misma competencia en el mercado laboral, entonces no podemos regalarles nada a ellos. Imagínate: el otro día leí en el periódico que ya los sacaron de la cárcel. Ni habían entrado hace tanto. Primero tienen que cumplir. Continue reading

República papayera

Erase una vez una república bananera que no quería ser república bananera. (Aunque sea una obviedad, habrá que añadir que en realidad muy pocas repúblicas bananeras quieren serlo.) En esta república existía una isla montañosa, fría, muy diferente del resto del país, que—siendo honesto—era un lugar inhóspito para los bananos. Su gente se esforzaba de no parecer gente del trópico, se levantaba temprano, no hacía siesta, y lo más importante para la vida de cada uno era tener un trabajo y pasarse todo el día en éste. Aunque esto no implicaba que se lograra mucho a lo largo del día, lo importante era la constante presencia en el lugar. Todos vivían constantemente controlados y controlando a los demás para evitar cualquier parecido con la gente de las demás repúblicas bananeras. Empezando por los jefes, que vigilaban con ansiedad las horas de llegada y salida de sus empleados, hasta los padres de familia que no podían vivir un sólo día sin saber exactamente que almorzaron sus hijos. Claramente, cada respuesta se juzgaba según su parecido con lo bananero: no se podía comer en la calle, no podía ser comida rápida, y siempre tenía que ser saludable y con harta proteína, preferiblemente de origen animal, porque todo lo demás sería demasiado parecido a lo bananero.

En esta tierra sin ley, lo que abundaba eran las leyes. Era una gente verdaderamente obsesionada con las reglas y con la vigilancia de que se cumplieran. El secreto se despreciaba, porque presentaba un lugar en el que la gente podía pensar de manera bananera, y cualquier parecido con los bananeros del resto del país era lo que se tenía que evitar a toda costa. Evitar parecerse a gente de república bananera era incluso más importante que obsesionarse con su trabajo. Lo que es más, la gente que no tenía trabajo tenía que esforzarse aún más para no parecer bananera. El hecho de no tener trabajo se consideraba una falta individual que demostraba que la persona sin trabajo era un perezoso que no se había esforzado lo suficiente, porque ¡trabajo sí hay!, y por lo tanto, se esperaba que la gente sin empleo se comportaba de manera impecable, es decir, sumisa y a la merced de los demás que si trabajaban. Continue reading

Estadio Nacional

This time, creative writing pratice was a collaborative effort. I invented two characters, another participant a conflict. The task then was to bring both together. Sorry, again Spanish only.

Gloria va al Estadio todos los años. Cada once de septiembre, se compra una entrada para asistir al evento que haya ese día. Es su forma de hacer memoria desde que la tenían allí detenida con los otros cinco mil. Estaba embarazada entonces, pero eso no les importaba. No sabe que pasó con ese niño que iba a tener. Algunas veces hizo el esfuerzo de buscarlo, pero nunca salió nada. Dejó de buscarlo, aunque sigue creyendo que está vivo. Pero tendrá su vida sin saber nada de su madre, o creyendo que es la que le tocó. No hay que despertar a los demonios de los demás. Sus propios demonios, sin embargo, están despiertos, y por eso todos los años va al Estadio.

Ese año le toca un concierto de los Red Hot Chili Peppers. Hay mucha gente joven y tatuada alrededor de ella, que a Gloria no le incomoda para nada. Viene también para conocer, ya sea otro estilo de música, o de deporte, o de vida. Un joven con el pelo mojado se siente a su lado y ella, chismosa, le pregunta si se mojó el pelo por el calor. Aunque es alto y tiene una espalda bien ancha, parece muy tímido. Mira hacía abajo cuando le habla y le cuenta que es nadador profesional y que acaba de llegar de la práctica en la piscina olímpica que tienen en ese mismo campo.

En ese mismo instante empiezan a volar los aviones. Gloria los reconoce de inmediato, pues se parecen demasiado a los que habían atacado a la Moneda. Todo el mundo los mira confundido y la tensión en el Estadio es palpable. Empiezan a dar vueltas y piruetas, con humo blanco, rojo y azul que les sale de la cola:

Únanse al baile de los que sobran

Gloria sonríe porque reconoce la frase de una canción y de pronto, todos empiezan a cantar: Nadie nos va a echar de más. Nadie nos quiso ayudar de verdad. Los jóvenes tatuados se levantan de sus sillas y saltan las rejas, reuniéndose en el centro del Estadio. Allí empiezan a bailar, y Gloria lo pregunta al joven nadador si la quiere acompañar. El la mira por primera vez a los ojos, y en este momento Gloria siente un rayo en su corazón.

– ¿Miguel?

– ¡Mamá!

Mermaid Memories

Yet another practice in fiction, this time in English. Enjoy!

I’m not exactly sure what it is about mermaid hair that fascinates me this much. It exudes an air of peace and tranquility in otherness, I think. Colors flow in ways that make it impossible to know which one exactly it is one is looking at, because it always already changes into something else. People with mermaid hair look strange, unnatural, as if from outer space, and yet known and familiar (it is still hair, like most of us have on different parts of our bodies). It is irritating to the same degree as it is serene.

Mermaid hair is exceptional, unruly, yet never dangerous. Somewhat like Berlin in the 90s. Or that’s what I’ve heard, because I myself was to young to remember. In 1993, I was only five years old, and even though my mom and I lived pretty close to the ctiy, I seldom went there alone. When we went together, she would take me to the Tierpark, the theater, and sometimes the movies, too. (Note the Tierpark is just like a Zoo, but it’s the one in the eastern part of town, and designed much more like a park. The one in Western Berlin is called Zoo.) I love the stories she tells me about that time. There’s this picture of me on a swing in the Tierpark. I am wearing a sky blue snow suit thick enough to protect me from the Berlin winter, but also making me look like a tiny version of the Michellin figure. My aunt is pushing me from behind, and I have this utterly satisfied smile on my face. A memory made of cotton candy.

When I was about 9 years old, I remember I wanted to dye my hair green. It has always been my favorite color, because it is not pink or blue, but something in between. Everybody back then said their favorite color was blue, boys and girls alike, and I just found that lame. First, because everybody said it, and at age 9 I didn’t want to be like everybody else. And second, because the color blue just doesn’t appeal to me. When I look at something blue, nothing happens. I just get bored. Green in turn always intrigues me, as if there was something more to understand about it, something that didn’t give itself away with the first glance. And I’m not talking forrest green, which has its own charm for sure, but more in an earthy way. I’m talking garish green, the woodruff soda variant. Which is also not exactly the green in mermaid hair, but it is precisely this “not exactly” that is so attractive to me, and which might be the reason I’m fancying mermaid hair right now.

Back then, I didn’t dye my hair green. My mom wouldn’t prohibit it, she never really did that with anything. She would rather tell me about how damaging this would be for my hair, and explain the long process of first having to go blond and then green, and about how terrible it would look once it grew out. Instead of prohibitions, she persuaded me with reasons. As a social worker in the city’s youth clubs, she gave seminars about drugs and addiction, and so from early on I knew exactly how Ecstasy pills looked like (from photographs), and about the dangers of more mundane drugs like cigarettes and alcohol. As with the green hair, she would never tell me not do do drugs, but instead explain to me how they worked and what dangers lay in consumption. She would always advise me to talk to her first before trying out something, but since I had the feeling I already knew everything about drugs thanks to her, I never did.

I was a 20-something when I smoked my first joint, at a party of a high school friend of mine and all her Greenpeace buddies. That was the Neukölln of the late 2000s already, but it would still take me another three years to finally feel something that could be called a fine frenzy. I had just moved into a flat with my best friend, not to far away from that Greenpeace party, and he had bought some dope in Görlitzer Park, which back then wasn’t that overcrowded with police. He was the one introducing me to laughing gas when we were teenagers, and would have done the same with magic mushrooms, had I wanted to. That lovely summer evening at the open window of our kitchen, I challenged him to smoke until I would finally feel something. About four joints later, our kitchen was painted in the loveliest version of mermaid hair colors I can imagine.

Looking at it now, the “not exactly” of mermaid hair is also the “not exactly” I feel comfortable in. The sense of something that is not one way or another, but always something in between. It’s nostalgia what is condensed in mermaid hair, and the longing for a time in which having a certain gender didn’t mean to subscribe to either pink or blue (and everything that goes along these lines). Mermaid hair moments are the ones in which I didn’t feel the need to explain anything to anyone, in which ambiguity was the state of being, and it was fine.

Tejido Social

2nd practice from my creative writing seminar, also in Spanish. If the end sounds familiar to you, it might be because of this vignette.

Todos los jueves a las tres de la tarde me voy con mi suegra a la casa de una vecina. Allá en la amplia sala de un edificio de estrato cinco bogotano, nos encontramos con otra vecina más para tejer. Acabo de comenzar mi primer saco, en una lana suavecita y gris que habíamos conseguido a un precio absurdamente barato durante de un paseo a Nobsa. Yo nunca me imaginé que en algún momento iba a terminar aquí.

1977

Todo comenzó con mi primera mochila. Yo había visto tejer a mis familiares en la ranchería desde que tengo recuerdos, pero como es la tradición, mi mamá apenas me enseñó a tejer cuando comenzó el encierro. Durante estos doce meses que no salí de mi cuarto, aprendí a leer los patrones de las mochilas, y a reproducirlos yo misma. El encierro fue muy solitario, y me dio mucha rabia algunas veces. El tiempo parece no pasar en el encierro, y por eso es tan difícil acordarse de algo. Pero si me acuerdo de esa primera mochila, la que me tomó más de un mes terminar. Era roja, con tiras cafés y amarillas.

También me acuerdo de Manuel. Era el hijo de un tío de mi mamá, y durante el encierro me visitó y me habló algunas noches. Como no pude ni hablar ni ver a nadie, su compañía al otro lado de la pared me consolaba. Durante estas noches, él me contó de lo que había visto durante el día. De las visitas a Riohacha, y de la pobreza en la que vivíamos nosotros en cambio; de la prima que se murió dando luz porque no llegó el médico hasta la ranchería; de que muchas veces no había agua porque las grandes multinacionales se la aseguraban para los monocultivos, y la nueva esclavitud que se vivía como jornalero en las bananeras. Y de la guerrilla, que iba a cambiar todo eso. Aprendí mucho sobre el mundo durante estas charlas nocturnas con Manuel.

El día en que salí del encierro debería haber sido un día de fiesta, en el que me presentaban como señorita a la comunidad. Pero como no había ni qué comer, la fiesta no se dio. Me dio rabia y tristeza a la vez, y decidí que ya era hora de luchar por un futuro mejor. En la misma noche, metí una ropa a la mochila y me fui con Manuel para evitar que me casaran con algún extraño que pudiera pagarme. Y así llegué al monte. En vez de agujas, aprendí a usar el fusil, pero la costura también me sirvió para curar a algunos compañeros heridos en combate.

1997

Un día de julio, Manuel se fue para Mapiripán a reclutar gente entre los campesinos. No lo quería dejar ir solo, pero tenía que quedarme en el campamento porque en cada momento iba a dar luz. Manuelito nació unos días después, sin conocer a su papá, porque finalmente, Manuel no volvió. El Señor da y el Señor quita. Sólo mucho después nos enteramos de lo que había pasado en el pueblo-

Cuando vi por primera vez la cara de mi hijo, empecé a dudar de si todo esto de verdad valdría la pena. ¿Qué clase de vida le iba a ofrecer a mi hijo allí en el monte? Pero tras la muerte de Manuel, habría sido una madre soltera de no ser por los compañeros. Además, ¿quién le podría entregar un mundo así a su hijo, con tanta desigualdad, con tanta injusticia?

2017

Me encontré con Manuelito en la zona de concentración de Policarpa, para dejar las armas. ¡Esta grande! Y se parece mucho a su papá.

Estamos todavía construyendo las casas, y no hay baños que funcionen. Pero después de tanto tiempo en el monte, uno ya sabe como sobrevivir. En los ratos libres, Manuelito y yo hablamos mucho de su papá y de cómo eran mis primeros años en la guerrilla. Mientras tanto me dedico a tejer otra vez mochilas. Cuando todo esto se termine, queremos irnos a Bogotá a buscar a su abuela. Dizque vive en Suba.

Por las mañanas también siempre viene alguna gente de la prensa para saber como va todo por aquí. Incluso un día me entrevistaron. Tengo el recorte del artículo doblado en mi diario. Dice:

Pese al retraso, Maritza González, de 54 años y guerrillera desde los 14, está esperanzada. Estoy dejando el fusil por la aguja, dijo esta indígena Wayúu.