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10. Reading: Ponqué y otros cuentos

As I said a few times, already, I am not a big fan of short stories. This, mostly, because I really like slow character development and a story that takes time to reveal itself on at least 100 pages. Which is a totally arbitrary approach, I know. Nevertheless, there are always exceptions to my rules, and Ponqué y otros cuentos (Laguna Libros, 2016) by Carolina Sanín is one of them. The collection contains 7 short stories, all of which star strong female characters. It is this aspect I liked most about the stories, which depart from everyday situations like riding a train, listening to the radio, or reading a hand-written note, and usually revolve around quirky aspects of the main character, if not her surroundings. Especially the last two stories stroke chords with me, the darker Carolina en su funeral for its factual approach to loss, and Ponqué, the title story, because it reminded me of the Satanic Verses. This, mostly, because it combines a story of a young woman from Bogota going out to live in New York with the biblical narrative of Joseph (son of Jacob) from the book Genesis.

I was utterly impressed by the accuracy of descriptions and wording. For a long time I haven’t read anything as precise and therefore enjoyable in Spanish, and I am often bored by too long and too forced sentences when reading Colombian authors. I was very happy to see that a different style is possible, and one that appeals to me both in topics and style. And as if marvellous writing wasn’t enough, the book is also really pretty. The edition and illustration are beautiful, and the thick paper makes for a pleasant tactile experience, as well. For so many reasons, this is a book I did not want to stop reading.

How did I come across the book?

I took a creative writing seminar with Carolina Sanín, which turned out to be a live-changing experience. Not because I think writing fiction could be a thing for me – I still don’t, really – but because it happened at a complicated moment in field work and brought back the curiousness about the topic and the willingness to write. I started reading her books only after the seminar, in a way attempting to continue the conversations on writing. Turns out Carolina is not only an amazing teacher, (so if you have a chance to take a course with her: GO DO IT!) but also sticks to all of the rules she teaches. Speaking of authenticity in teaching, she is most definitely a new role model for me to follow.

When and where did I read it?

I started on the plane back from Bogota to Zurich, to make the passage a little lighter. I finished it within the first days while trying to get rid of the jetlag. But fortunately, there are several other works from her left to read in my bookshelf.

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Dizque – Short story practice

I’ve recently started to attend a seminar on creative writing, and so far am very enthusiatic about it. We already had our first homework, which was basically free practice, and the following (I don’t know if-)story came to life. Sorry to the non-Spanish-speaking audience, but I am not going to translate it.

Dizque por ese puente atracan. A veces me pregunto como sería eso. ¿Se paran en la entrada y no lo dejan seguir a unx hasta aliviarse de sus pertenencias? Más probable que se paren en medio del puente. O le siguen a unx. ¿Lo hacen con frecuencia, por ahí tres veces por la semana? Sería muy bobo. Pero ¿de dónde sacan esta regla si no es con frecuencia? ¿Y cómo es que se sabe eso, se lo cuentan los vecinos? Yo que no entiendo me voy por ese puente, ya sea de día o de noche, y cada vez que viene alguien me pregunto si ahora sí me tocó y si este ahora sí es el supuesto atracador (o la atracadora). Me acuerdo de como una noche vine con una amiga ya bien pasada la media noche, y ella me dijo lo que me dicen todxs: que por ese puente atracan y mejor vamos cruzando la calle en el semáforo. Pero como es más largo ese camino, la convencí de usar el puente. Y vinieron dos tipos del otro lado, y ella se asustó, y yo seguía derecho hasta cruzarnos con los tipos que resultó que eran amigos del colegio de ella.

Otro día que fui estaba con el hombre oso, que no tiene nada de oso, solo que es hermoso y también cruzamos el puente de noche y después le pedí que fueramos por el parque, que sí es oscuro, pero más bonito que caminar al lado de la avenida y más corto para llegar a la casa. Me hizo caso, pero ya cuando llegamos al parque e íbamos por el caminito ese que hay por allá con los arboles justo al lado que son perfectos para esconderse, noté cómo caminaba más rápido y me apretó la mano. Y no pasó nada. Dizque la gente ingenua vive más feliz. Parece que en mi caso eso es cierto, porque a mí no me preocupa que me atraquen ni en el puente ni en el parque. Porque no tengo ni idea de cómo sería eso.

Lo que sí me da miedo es que me atraquen cuando saque la perrita de noche. Porque como no llevo nada, lo único que me podrían quitar es la misma perrita. Que a mí no me quedaría nada mal, porque no estoy disfrutando mucho ir con ella de noche con el frío que está haciendo, y además teniendo que quitar la mierda que deja por donde se le da la gana. La saco para quedar bien con mis suegros, para ayudar en los deberes de la casa, y porque soy la única en esta casa que no se ha dormido todavía a las diez de la noche. Entonces sí quedaría muy mal con mis suegros que me quitaran la perrita, y eso obviamente no lo quiero.

Con el puente es diferente. Yo que no entiendo me voy por ese puente, pero no lo hago de manera ingenua. Lo hago porque sí se puede, y porque nunca me ha pasado nada. Porque es uno de los pocos puentes diseñados por alguien que camina, y no una de estas cosas horrorosas que construyen aquí, por las que le toca a unx dar vueltas y vueltas como peatón, mientras que los carros pasan derecho por debajo. Porque es de las pocas libertades que unx puede disfrutar en esta ciudad que no fue hecha para gente que camina, pero que unx las tiene que apropiar. Para no entrar en el juego de los 2600 metros más cerca de la paranoia. Como dicen aquí, hay que romper las cadenas. Y las cadenas no se rompen si unx se queda en su zona de confort.

Entonces, me arriesgo y tomo el puente, pero tampoco tan desprevenida. Porque cuando me monto al avión para cruzar el gran charco sí me cambio el chip. Me quito la argolla para que no me la roben, no llevo el iPhone sino la flechita, y estoy pendiente de mi bolso a toda hora y en todo lugar – cosas que no hago en mi tierra. Cuando me preguntan mis colegas qué tan peligroso es viajar a Colombia, les digo que cada día lo sobreviven 54 Millones de Colombianos, y que es más probable morirse en un accidente de tránsito que por alguna de las cosas que han oído. Sin embargo me escriben preguntándome si estoy bien en Bogotá, y me preguntan si sentí algo si hay un terremoto en Chile. Lo peor de los dos mundos, en cuanto a ignorancia.

Yo que en toda mi vida no he visto un arma (y eso que tengo un tío que es policía), no me puedo imaginar cómo sería un atraco armado. Me gusta imaginarme cómo reaccionaría toda tranquila, entrando en negocios por la tarjeta del Transmi, la cédula, o mi cuaderno de notas. De tantas cosas que unx oye, de que le roben hasta los tenis, que le dejaron algo pa’l bus, que no se qué más cosas, las historias que más se me han quedado son las victoriosas, en las que la gente atracada por lo menos pudo conservar algo de dignidad. Entonces cada vez que cruzo el puente, preparo mi pequeño discurso sobre la libertad, la dignidad y también la solidaridad, porque sí me gusta ayudar y me imagino cómo, con una sonrisa tímida, les doy toda la plata que llevo. Así voy caminando, mirándoles fijamente los ojos a todos los que se me cruzan. Esto también es mi barrio, y no voy a dejar que me quiten mi ingenuidad. Si algo, ¡la que atraca aquí, soy yo!